Ser todo lo que no sos vos

Estaba sentada en frente a la ventana que daba al patio del fondo. La ventana era de lo mejor que tenía su casa nueva: se abría con postigos para afuera y dejaba bañar de verde todo su cuarto de huespedes. Hacía bastante que nadie iba a quedarse pero insistía en llamarlo así. Ella lo usaba para sentarse en la ventana y mirar, escribir, tomar café. Para esos momentos en los que una cuando se da cuenta de que romantizar la vida y vivir como en una película es posible. Miraba al verde y el verde la miraba a ella, haciéndola entrar en si misma, como un tubo frondoso donde solo pasaba quién se animara a profundizar en las junglas internas.

Ahi estaba, metida entre sus ramas y ramificaciones, cuando el verde se empezó a secar. Las plantas ya no vibraban ni le sonreían, eran de un verde sequía que es más amarillo que verde, pero que tienen la vida clorofílica escondida dentro. Generalmente no se animaba a entrar ahí, desde niña, en los momentos de sequía, lloraba abrazada a su mamá porque ya no se podía jugar más sobre la gramilla seca, le dolía el roce. La sequía convertía lo acolchonadito del pasto en un terreno peligroso desértico y desprotejido para sus pequeños futuros grandes pies. Por eso esa sequía la repelía, requería preparación y unas buenas botas que pesen para hacerse más grande y tener más superficie. De todos modos, hoy, por alguna razón que no entendía muy bien por qué, decidió entrar. Su terapeuta le decía que necesitaba el sistema nervioso en calma para poder entrar en las ramificaciones traumaticas y se animó.

Caminó, pinchandose con las piedritas que ya no protejía el pasto. Mientras corría las malezas secas, la encontró sentada en un trono grueso de terciopelo rojo. Estaba ahí, gorda y gigante abarcando todo el espacio que permitía el asiento, recostada, con una remerita ligera de escote en v y un shortcito claro de jean. Hacía calor, pero al reconocerla enfrente sintió un sudor frío bajandole por el hueco que generaba su columna vertebral. Como era posible que después de tanto tiempo le generara todavía todo eso. La miró, un poco se excitó por tenerla en frente. Una excitación que rozaba lo sexual pero que tenía más que ver con el enfrentarse al monstruo de las pesadillas. Ese monstruo que ocupa espacio, que se sienta arriba de ella, que la impide moverse. Al monstruo que hay que pedirle permiso. El monstruo que supo destruirla cuando más vulnerable se sentía.

¿Qué haces acá? ¿Qué qué hago? Vos me pusiste acá. Pero no te quiero acá, quiero que vayas a otro lado, que vuelvas a tu casa, que te despidas de mi vida. Sabés que no me voy a ir nunca hasta que vos no me sueltes - El enfrentarse al poder le generaba saliva en la boca y ganas de cojer. Supo que la quería penetrar. La frustró la falta del falo, la frustró la frustración de la falta del falo. El poder puesto ahí la llevó a entenderlo todo. Se había sentido violada. Quería reducirla a nada, quería ser la poderosa, la penetradora. La que destruía con su falo el poder que tenía enfrente. Dudó si podía reducirla a carne en medio de su ensoñación y sufrió no conocer métodos de hembra de destrucción. La miró y le dijo: sos chiquita y no me podés hacer daño. No soy lo que vos imaginaste de mi. Tu poder es tan ilusorio como este monte que existe en mi mente. JUIRA BICHA JUIRA.

Y se derritió un poquito

Se dió cuenta de que hacía calor y que la derretía un poquito. 

Se cansó.

Vuelvo mañana. Acá te espero. 

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