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Anastasia

No se imaginaba la respuesta que ella le iba a dar mientras la miraba desde los últimos bancos de la iglesia. Se imaginaba otras respuestas, pero no esa. La iglesia de los domingos se encontraba llena un jueves y ella estaba ahí. Ella. Hacia años era parte de esa congregación y nunca la había visto en ese contexto. Hacía años no la veía. Un poco después de la muerte de su esposa se había propuesto estar más cerca de alguna religión, nunca había sido muy creyente en nada, pero sentía que a las personas que creían mucho en Dios no le pasaban tales desgracias. Obviamente que frecuentando la iglesia comenzó a darse cuenta que todo el mundo, independientemente de su credo, viene acompañado por las miserias. Empezó a dudar un poco de todo esto de Dios y su funcionamiento, pero el conocer personas nuevas y maravillosas, lo llevó a tomar la decisión de quedarse en esta comunidad eclesiástica. Gente linda, decía. Por ejemplo Juan Carlos. Juan Carlos había sido el cocinero del restaurant del pue...

Un murito de piedra

La aparente tranquilidad. La tempestad. Todes saben cuál es el proceso previo a la tempestad absoluta, así como reconocen la calma después de la tormenta y de la devastación. Son las ramas de los árboles caídos, las maderas de los techos quemados, son las calles cortadas, la gente asustada. Lo que queda después de la tormenta puede ser visto de tantas formas diversas, como el fotógrafo de guerra que decide dedicarse a inmortalizar eso que se ha transformado en dolor y ruinas. Hay cosas que una vez fueron algo y hoy ya no lo son, son por siempre transformadas. La necesidad del duelo y del sentir cómo viene, así como el comenzar de cero, desde la transformacion. Esas estructuras que están ahí una vez hospedaron gente; terminaron en cenizas gracias a una idea un poco estúpida pero con un objetivo de congregación. Estas estructuras base de 70 años se mantienen a pesar de estar imposibilitadas estatalmente a ser reconstruidas. Qué absurdo. Me juzgo un poco porque vuelvo a hablar de la destr...

Afuera del portón de la escuela

Te vengo a buscar a la escuela. Otra vez. Decirlo me queda extraño. Por mucho tiempo creí que jamás me encontraría en esta situación. Estoy rodeada de padres, madres, tutores que hablan mil lenguas distintas y pienso en cómo se comunican estes niñes, ¿vos podés expresarte? ¿Te entienden y los entendés? Cada vez somos más afuera del portón y los recuerdos de mi niñez me golpean como estos latidos mandibulares. A nosotras nadie nos iba a buscar a la escuela. No me molesta, o al menos eso creo. Que no, no me molesta. Había algo de importante, el sentimiento de una independencia temprana, podíamos hacer nuestro camino sin que nadie pusiera resistencias y había cierta libertad en el decidir pasar por la casa de mi abuela y comer un postre antes del almuerzo o de llegar tarde porque me colgué charlando en la puerta de mis amigues. Y ahora no sé, son tantes. No sé si es que esta escuela está llena de niñes (seguramente cuatriplican la cantidad del lugar donde me crié) o es que los padres les ...

Apagar la humanidad

¿Qué se hace? ¿Se vacía todo? ¿Se cierra? ¿Se hace espacio para solo "cosas buenas"? ¿Qué se hace? Le duele la frente y la mirada se le cierra. No le entran sentimientos adentro. Es la pared antibalas, la pared que ha ido construyendo con el tiempo. Muchas veces piensa en apagar la humanidad , esta cosa que podían hacer los vampiros en The Vampire Diaries . No es una cosa de vampiros, seguramente la autora se inspiró en esta habilidad que tienen los humanos para apagar las emociones. A veces hay que hacerse piedra para aguantar tanta tristeza, a veces hay que ser muy poco humano para hacer cosas así. Fue del otro lado del pasillo. Lo piensa y se le estruja el pecho. Pero no llora. No caen lágrimas. Mira a la pared, pero en realidad se mira adentro. A veces pausa para mirar a quién le agarra la mano, está en la misma situación de mirarse dentro, aunque tiene la suerte de dejarse llevar por los pequeños impulsos de rabia e incomprensión. - Las cosas pasan, más cerca. - Ella pie...

El otro día me pregunté quién sería si no escribiera

Un año. Hace un año que tengo el hábito de escribir cada semana, o bueno, cada domingo. Esta promesa con mi misma que terminó siendo más de lo que esperaba. Y puede parecer que no es algo tan grande, pero son estas pequeñas confirmaciones que me definen y que de alguna forma definen mi identidad y quién quiero ser. Pila de peso en tener un blog, pero bue, cada quién con lo qué le defina. Hablo del blog, pero principalmente hablo del escribir. No es que quiera ser escritora o que quiera obligatoriamente mejorar en el arte de contar cosas, es que escribir es el modo que encontré para estar más cerca de mi misma. Hoy le dije a un grupo de adolescentes campistas que cuando sentimos que no hay nadie a quién contarle las cosas, cuando sentimos que nadie nos puede entender, siempre podemos escribir. Porque si de algo estamos segures es que siempre te tenés a vos misme. Compartí este blog, con el miedo que eso conllevaba, con la frase y título: EL OTRO DÍA ME PREGUNTÉ QUIÉN SERÍA SI NO ESCRIBI...

Polenta de la abuela Dorita

Si te dijera hoy que cosa me pesa sería cercano a la inmensidad que hay entre el patio de mi casa y los muros de la catedral Si pusiera mi nombre en algún lado me pegaría una cinta me prendería una pinza sería seguro para alguien más Si me acostara a dormir la siesta el océano se apilaría se arremolinaría me arremolinaría y pediría que me convierta en rio que deje viajar por mi las gotas que me anime a desbordarme ser el Akhet que mi tierra necesita Pero el océano no habla Y yo sigo despierta pensando en las posibilidades y en lo extraño de dormir La sartén negra, mi abuela una cocoa con grumos y la polenta al desayuno ¿Es que tengo frito el cerebro o es que es esto el insomnio?

Adentro

Dormir o no dormir. Si tan solo se escuchara un poco más sentiría la panza moverse al respirar. Las panzas suenan no solo cuando tienen hambre, cuando tienen frio. Las panzas suenan de cagaso, en todos los sentidos. A donde queda la confianza en las decisiones? Qué es el cariño? Donde van las ollas? Todas las preguntas que la atacan justo al momento de la siesta y que hacen que su panza no se quede quieta. Lo que revolotea es la culpa, y por primera vez en años no es la culpa por comer. Es la culpa por haber causado dolor. Se para y se mira al espejo, se mira su panza y su cara. Se tira un pedo y ve como la panza se contrae. Quizás comió demasiado humus. Se mira una vez más pero esta vez se concentra en el ombligo, un ombligo para adentro, como deben ser los ombligos piensa. Ve algo extraño, es como una pelusita negra que quedó atrapada ahí. La mira y no hace nada, deja a la pelusita ser. Se mira una vez más a los ojos esperando encontrar el perdón a sí misma pero no lo encuentra. Vue...